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Las Reglas de Juego

A mi me parece estupendo que tengas una gran idea, el valor y la fuerza de trabajo para ponerla en marcha, y que obtengas una notable recompensa económica por ello. Es más, si esa idea es útil, me gusta además que el reconocimiento social sea equivalente.

Ahora, con las mismas reglas que todos.

Que si triunfas sea por tu idea, no gracias a esclavizar a nadie, ni aquí, ni en ningún otro sitio. Ni en tu empresa, ni utilizando consultoras para esquivar Convenios colectivos gracias a una situación de crisis en la que las personas tienen que trabajar aunque sea cobrando apenas. Ni en tu empresa, ni fabricando en países subdesarrollados. Porque si legitimamos que uno puede utilizar ese tipo de argucias para enriquecerse, vas a acabar queriendo que existan esas situaciones. Te va a encantar la crisis, te va a encantar el subdesarrollo, los vas a fomentar, porque pensarás que son el vehículo para tu triunfo. Empezarás a decir cosas como “siempre habrá pobres”, empezarás no solo a creértelo, sino a poner todo tu empeño en que sea así. Porque a la buena vida uno se acostumbra pronto y la empatía con otras personas es fácil de perder. A veces ni siquiera hace falta porque nunca se tuvo.

A mi me parece estupendo que tu idea llegue a todas partes, que enriquezca a otros con su utilidad, que sea global. Pero si operas en un mercado donde las reglas de juego regulan un Estado de Bienestar, si quieres vender ahí, tienes que tributar ahí por los beneficios ahí obtenidos. Y estamos en las mismas de antes. No valen trampas. Porque si trampeas, querrás que siga existiendo la posibilidad. Presionarás para que las leyes tengan agujeros para que tu Gran Empresa se escape, mientras los pequeños comerciantes tienen que sostener como puedan ese sistema… hasta que se caiga. Y si no te compensa, no vendas ahí. Si lo haces, colaborando como todos.

Lo releo y suena tan obvio…

Pues no, no es tan obvio. La avaricia rompe el saco.

CAMBIO DE SISTEMA. LO QUE BUSCA EL PP (Español y Europeo)

 

Cada mes, en mi empresa nos ofrecen una serie de sesiones formativas. Asisto a las que competen a mi área, derecho tributario, pero las hay de las más diversas materias, todas de plena actualidad y muy relacionadas con las decisiones gubernamentales más inmediatas.

Hoy veo que anuncian ésta:Transformación del Estado: del Estado prestacional al Estado garante.”

La imagen que me viene a la cabeza es la de un tobogán. Un  tobogán largo, de pendiente reducida, deslizamiento suave… y con un enorme escalón al final que aventura un golpe de los que hacen historia.

El título de esa sesión significa la voluntad de renuncia a todo el sistema público de asistencia social elaborado con esmero durante toda la época democrática en España… y aún más allá.

Significa la renuncia a un sistema mucho más económico para la sociedad, a la hora de gestionar el bienestar humano, en aras de permitir el enriquecimiento de unos pocos.

Porque no nos engañemos, lo que el Estado garantizaría es que los amigos de los gobernantes se enriquecieran prestando un servicio mucho peor de lo que lo prestaba antes el Estado.

Sí, sí, peor. Y esto no es una presunción de que lo privado funcione peor que lo público, ni mejor, es que nadie da duros a 4 pesetas.

Nadie da duros a 4 pesetas. Si la prestación social va a costar lo mismo que antes a la sociedad, mientras entra a jugar un elemento nuevo, el del beneficio privado, ese beneficio privado sale de algún lado.

Puede salir de la reducción de esas prestaciones. Puede salir de los salarios de quienes las prestan de manera efectiva, devaluando así su profesión y su tiempo, diciendo: tú, asistente social, tú acompañante de dependientes, tú enfermero o médico de una residencia de la tercera edad… tú vales menos, tu función vale menos, para que el primo/amigo/protegido de alguien se enriquezca sin hacer apenas nada.

Es de eso de lo que estamos hablando, de si es mejor que el Estado gestione un dinero de manera que se reparta entre prestaciones y profesionales, o de si es mejor reducir esas dos partidas para generar la de un elemento puramente intermediador.

Ahora que Internet y la comunicación en general reducen la participación de esas sanguijuelas, los intermediadores innecesarios que elevan el precio porque sí, a algún sitio tienen que ir a parar.

Triste política que, para que esos sigan paciendo, les otorga poder sobre materias que deberían ser sagradas para cualquier sociedad avanzada.

Les dan las escaleras sociales, las prestaciones que permiten que cualquiera, sea la suerte que tenga la que sea, pueda mejorar su situación, les dan la educación de nuestros hijos, les dan nuestra sanidad.

¿Les haremos el juego? El tobogán es tentador. Parece divertido. Hasta que llegas al final.